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15 junio 2017

LA ORT

Resultado de imagen de ort ujmEntre finales de los sesenta y principios de los setenta se produjo una multiplicación de los comunismos españoles. Se asistió entonces a la proliferación de organizaciones marxista-leninistas que pretendían recuperar y fomentar aquel espíritu revolucionario  abandonado por el Partido Comunista de España (PCE).

Éste, en efecto, desde la mitad de los cincuenta había emprendido una profunda evolución ideológica que desembocaría en la fórmula eurocomunista. Buscando presentar una imagen democrática y tolerante y alcanzar una alianza interclasista contra la dictadura, el partido de Carrillo había puesto en marcha un proceso de secularización de su discurso, alejándose de los dogmas de la tradición comunista y adoptando paulatinamente posturas compatibles con los valores propios de los sistemas occidentales. La progresiva moderación del PCE, entrelazándose con otros factores como las repercusiones en España del 68 mundial y la escalada represiva que culminó con los estados de excepción de 1969 y 1970-1971 , favoreció el florecer de grupos radicales que ocuparon el creciente vacío político dejado a su izquierda .
La mayoría de las nuevas organizaciones marxista-leninistas del interior, al mismo tiempo que criticaban el «revisionismo carrillista», rechazaban la tradicional identificación con las políticas soviéticas. Efectivamente, al encontrarse el mito de la URSS en una situación de declive, prefirieron orientarse hacia las llamadas «nuevas izquierdas» y las corrientes de comunismo alternativo que, al
contrario, conocían entonces su auge en occidente . El maoísmo, en particular, tuvo mucho arraigo.
Fue adoptado por partidos que tomaron la vía armada, como el PCE (marxista-leninista) y luego
el PCE (reconstituido), así como por otros que eligieron una línea sustancialmente masista: los casos más relevantes en este sentido fueron representados por el Movimiento Comunista de España
(MCE), el PCE (internacional), que en 1975 pasó a denominarse Partido del Trabajo de España (PTE), y la formación que constituye el objeto específico del presente artículo, es decir, la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT).

Ésta nació en 1970 mediante la conversión en partido de la Acción Sindical de Trabajadores (AST), un sindicato clandestino que había sido puesto en marcha en 1963-1964 por católicos procedentes sobre todo de las Vanguardias Obreras y que, desde sus comienzos, había participado activamente en las Comisiones Obreras (CCOO). A finales de los sesenta la AST se planteó la necesidad de adquirir un compromiso propiamente político: en un contexto caracterizado por la radicalización de diversos sectores del antifranquismo, estimó que la lucha contra la dictadura del Caudillo, en particular, y por el socialismo, más en general, no podía limitarse al ámbito económico. Además, consideró que en el panorama español hacía falta (re)construir un partido auténticamente marxista-leninista, dado que el PCE  había perdido dicho carácter.

La ORT no completó su proceso de formación hasta 1972.
Durante sus dos primeros años definió su marco ideológico y experimentó cambios en su militancia y equipo dirigente: si es cierto que se benefició de la incorporación de jóvenes profesionales y estudiantes, al mismo tiempo sufrió los abandonos de quienes no aceptaron la transformación en partido o la adopción del maoísmo .
Resultado de imagen de ort ujmLa ORT, así como los otros partidos de la misma familia ideológica, se adhirió a una imagen idealizada del modelo chino. No podía ser de otra forma, dado que el conocimiento acerca de la realidad del régimen del Gran Timonel en occidente era muy escaso, basado esencialmente en los materiales de propaganda, y en España este déficit informativo resultaba agravado por las condiciones de la dictadura. La República Popular China pudo aparecer así como un lugar mítico donde proyectar utopías y esperanzas de renovación radical . La ORT, en efecto, se orientó hacia el maoísmo porque lo consideraba un corpus de teorías y prácticas capaces de avivar constantemente la tensión revolucionaria, preservando los principios marxista-leninistas y evitando al mismo tiempo las degeneraciones que afectaban al bloque soviético. Fue determinante en este sentido la fascinación producida por el compromiso de China a favor de los procesos de liberación nacional y, sobre todo, por la Revolución Cultural, que fue vista como una alternativa concreta  al sistema pseudoburocrático que caracterizaban la Unión Soviética, como un experimento exitoso de construcción del
socialismo realizado mediante la amplia participación del pueblo y el ejercicio de la crítica abierta.

En el crepúsculo del franquismo, la ORT intentó establecer contactos finalizados a la construcción de un partido unitario de los marxista-leninistas españoles; se insertó en esta perspectiva, por ejemplo, un fracasado acercamiento al MCE . Además, prosiguiendo la labor de la AST, la organización desarrolló una intensa actividad en el movimiento obrero, y en particular en las CCOO.
Afirmando la necesidad de fortalecer las Comisiones a nivel de base y de potenciar el carácter antifascista de sus reivindicaciones, polemizó continuamente con el PCE, al que acusaba de encerrarlas en un marco legalista y de mermar su potencial combativo para ponerlas al servicio de una política de conciliación.
 La ORT estableció una presencia notable en las CCOO de Madrid, Huelva y, sobre todo, Navarra. En dicha región se convirtió en la fuerza hegemónica del nuevo movimiento obrero y protagonizó algunas importantes acciones, como la movilización general del 11 de diciembre
de 1974.

Se ve que dos conceptos maoístas, derivados de la Revolución Cultural, arraigaron profundamente en la organización y la condicionaron a lo largo de su trayectoria. Uno fue el principio de la «línea
de masas», que en el caso de la ORT se tradujo en exaltar el papel creador del pueblo y en hacer constantemente hincapié en la necesidad catártica de que él mismo fuera protagonista del proceso
de configuración de la España posfranquista. Esto implicó, entre otras cosas, la adopción de una postura fuertemente contraria a los pactos entre elites. El otro concepto maoísta que tuvo gran influencia en la organización fue el de la «lucha ideológica entre dos líneas» que, al postular la contraposición constante entre una línea «revolucionaria» y otra «revisionista», fomentó el sectarismo y operó constantemente como factor de división. Además, encerró a menudo la actividad del partido en esquemas doctrinarios rígidos basados en la defensa de identidades del pasado, que le impidieron elaborar una renovada síntesis entre teoría y práctica para situarse en el complejo sistema de democracia parlamentaria que iba tomando forma.

Escribir la historia de la ORT, y de la izquierda radical en general, significa explorar unas alternativas que salieron vencidas de la Transición, como la búsqueda a ultranza de la ruptura, la lucha contra el pacto social o la reivindicación de un diferente modelo.


La ORT tenía una concepción etapista de la marcha hacia la sociedad comunista. En el momento de la muerte de Franco su objetivo inmediato consistía en conseguir una neta ruptura con el régimen
dictatorial, considerado como expresión política del poder socioeconómico de los sectores oligárquicos y cuyo legado era la monarquía de Juan Carlos. Para lograr este resultado, el partido
Resultado de imagen de ort ujmcreía indispensable la confluencia de dos factores: la unidad de la oposición y el incremento de la lucha de masas.
Como programa mínimo para un amplio acuerdo de todas las fuerzas interesadas en un cambio democrático, la organización proponía la Alternativa Democrática Unitaria (ADU), que preveía el
derrocamiento del soberano nombrado por Franco, la formación de un gobierno provisional de unidad antifranquista y la celebración de elecciones libres para la Asamblea Constituyente. Sin embargo,
la inclusión de la ORT en los organismos unitarios de la oposición resultó problemática, ya que, al comienzo de la Transición, el partido no integraba ni la Junta Democrática (JD) ni la Plataforma de
Convergencia Democrática (PCD). No había tomado parte en la JD, por un lado, porque condenaba la presencia en ella de personalidades como Calvo Serer, que veía como exponentes de la oligarquía,
y por el otro, porque sus problemáticas relaciones con el PCE, marcadas por críticas y recelos mutuos, dificultaban notablemente su adhesión a una coalición en que el partido de Carrillo representaba la principal fuerza organizada. En la primavera de 1975, intentando remediar su aislamiento, la ORT había ingresado en la PCD promovida por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE); sin embargo, después de unos meses había salido también de este organismo al juzgar que no se pronunciaba de manera bastante contundente contra la monarquía.

En estas difíciles relaciones con la JD y la PCD se puede ya notar una dinámica que caracterizó la actuación de la organización a lo largo de la Transición: una constante contradicción entre una
tensión incluyente, propensa a la praxis, que reconocía el carácter minoritario del grupo y la consecuente necesidad de colaborar con otros partidos para poder conquistar avances a nivel político y social, y otra excluyente, pegada al principio de la lucha ideológica, que rechazaba los necesarios compromisos intrínsecos a cualquier política unitaria.
En su táctica para conseguir la ruptura, la ORT atribuía una importancia crucial, aún más que a los acuerdos entre partidos, a las presiones desde abajo. A este propósito hay que considerar que, de manera parecida a los otros grupos de la izquierda radical, poseía una visión de las masas caracterizada por  optimismo histórico: creía que el pueblo, en su mayoría, presentaba niveles de madurez política y combatividad tan altos que cabía la posibilidad de plantear a corto-medio plazo la lucha no sólo por la instauración de un Estado republicano, sino también por la realización de transformaciones que afectaran las estructuras socioeconómicas. Dadas estas circunstancias, la ORT consideraba al alcance de la mano la materialización de la Huelga General (HG), conditio sine qua non para romper con el franquismo y asegurar el protagonismo de las masas en el proceso de cambio, poniéndolas en una posición de fuerza en el momento de la configuración del nuevo sistema y facilitando así la creación de una democracia avanzada, primer paso hacia la República Popular y el comunismo.
En el inmediato posfranquismo, los acontecimientos alimentaron las esperanzas de la ORT de concretar dicha perspectiva. A partir de diciembre de 1975, a lo largo de la geografía española se desarrolló una enorme oleada de protestas. La sociedad civil reclamaba libertad y amnistía. En el ámbito obrero, el malestar causado por la crisis económica contribuyó a fomentar las movilizaciones, que en muchos lugares coincidieron con un momento de negociación de nuevos convenios. Durante el primer trimestre de 1976 se produjeron
así 17.731 huelgas.
 La organización, en sus zonas de influencia, trabajó intensamente para que las protestas se extendieran y radicalizaran.
En Navarra, por ejemplo, estuvo entre los promotores de la movilización del 22 de febrero, así como del paro general de cuatro días en solidaridad con los sucesos de Vitoria. La ORT creía que se podía tocar «con los dedos la caída del fascismo» .
Sin embargo, los partidos mayoritarios de JD y PCD hacían una lectura distinta de la situación. A comienzos de marzo, precisamente a raíz de los hechos de Vitoria, juzgaron que el primer gobierno de la monarquía poseía más capacidad de resistencia de lo previsto, mientras que las fuerzas de la oposición, a pesar de ser ingentes, no eran suficientes para derrumbarlo. Coordinación Democrática (CD), nacida de la fusión de JD y PCD, renunció, por tanto, al objetivo máximo de la ruptura propiamente dicha, adoptando la fórmula de la ruptura pactada. Ésta,  representó una traición
por parte de las elites partidistas al auge experimentado por las luchas de las masas: «Es como si tuviéramos una fortaleza enemiga asediada y a punto de vencer —se afirmaba en En Lucha— y para
lograr su final rendición [...] retirásemos las tropas».
Dado que los otros partidos de CD tenían escasa capacidad de control sobre las movilizaciones de base, la ORT dirigió sus principales críticas hacia el PCE que, según ella, había aprovechado su
papel dirigente en CCOO para «poner límites a la acción de las masas» en función de «sus posiciones de conciliación con el enemigo». El caso de Madrid le parecía emblemático. Desde comienzos de enero las manifestaciones y paros habían experimentado allí una rápida escalada, culminando entre los días 12 y 17, cuando el número de huelguistas alcanzó los 400.000. La ORT, que en las Comisiones de la capital representaba la segunda fuerza organizada después del partido de Carrillo y contaba con destacados dirigentes como Luis Royo y Cristino Doménech, quería mantener las movilizaciones a ultranza hasta que desembocaran en la HG.
En cambio, los líderes de CCOO ligados al PCE, al considerar que las huelgas ya habían alcanzado su cenit y se encontraban en un punto muerto, en la segunda mitad del mes propiciaron la formación
de comisiones negociadoras, favoreciendo la vuelta de los trabajadores a sus puestos.


Así, al momento de explicar el por qué no se había producido el evento catártico de la HG a pesar de que, según ella, existían las condiciones, la ORT no cuestionó sus análisis acerca de la supuesta
debilidad del aparato estatal o de la elevada conciencia antifascista del pueblo, sino que utilizó las direcciones de los partidos de CD, y del PCE en particular, como chivos expiatorios.
Durante la primavera, en la organización se desarrolló un intenso debate acerca de la oportunidad de tomar parte en la Platajunta.
Si algunos señalaban la necesidad de quedarse fuera, para tener una posición de coherencia y claridad política, otros subrayaban que el estar en CD representaba el medio más eficaz para influir críticamente en los procesos decisorios de la oposición y empujar hacia la ADU. Finalmente, en este caso la tensión incluyente prevaleció y la ORT ingresó en la Platajunta a comienzos de julio, a
raíz de la caída de Arias.

A su vez, la organización había empezado un proceso de acercamiento al PTE , que se entrelazó con la salida de ambos partidos de CCOO. Las Comisiones habían defendido siempre el proyecto
de un sindicalismo posfranquista unitario. Sin embargo, la mayoría de su equipo dirigente, considerando que la legalización de los sindicatos parecía aproximarse y constatadas las profundas reticencias de la Unión General de Trabajadores (UGT) ante la perspectiva de la unidad orgánica, en el verano de 1976 se movió hacia una aceptación de hecho de un futuro marco de pluralismo sindical. Consecuentemente en julio, en la Asamblea de Barcelona, se afirmó la necesidad de convertir cuanto antes CCOO en una Confederación Sindical propiamente dicha, para no perder terreno a favor
de la central socialista.

ORT y PTE rechazaron esta decisión, porque todavía consideraban posible el levantamiento de un sindicato unitario, a condición de que se construyera fomentando la participación desde abajo, a través de un proceso asambleario ascensional que culminaría con un Congreso Sindical Constituyente. Esta perspectiva, fundada en la convicción de que las masas poseían un instinto claramente unitario, chocaba con la de los dirigentes de Comisiones ligados al PCE, que ponían esencialmente en las manos del Secretariado y de la Coordinadora General la tarea de proceder a la
transformación en central sindical. En la Asamblea de Barcelona la postura de ORT y PTE fue respaldada sólo por el 10 por 100 de los asistentes. Durante el verano los dos partidos maoístas maduraron entonces la decisión de salir de Comisiones, que se hizo efectiva a finales de octubre, cuando nació oficialmente la Confederación Sindical de CCOO.

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